jueves, 17 de octubre de 2013

Para escribir crónicas hay que tener algo de kamikaze: Sal­cedo Ramos.


 
Por Alberto Sal­cedo Ramos
 
Para mí la cró­nica es un género que tiene la opor­tu­ni­dad del perio­dismo y la belleza de la lite­ra­tura. Hacer cró­ni­cas es inves­ti­gar como los repor­te­ros y escri­bir como los escritores.
 
Cier­ta­mente se habla de noso­tros (los cro­nis­tas) en los foros aca­dé­mi­cos, se nos exalta, se habla de nues­tros libros, pero yo sé que muchos cole­gas siguen con­si­de­rán­do­nos una espe­cie sos­pe­chosa. Nos ven como tipos desorien­ta­dos que se dedi­can a hacer lite­ra­tura a un ritmo indo­lente, mien­tras los demás miem­bros de la fami­lia perio­dís­tica sudan la gota gorda para cum­plir la cuota infor­ma­tiva diaria.
Creo, en todo caso, que hoy goza­mos de un cierto pres­ti­gio. Y eso tam­poco es que me guste mucho. La idea de per­te­ne­cer a una corriente que quizá fue trans­gre­sora y que final­mente se ha con­ver­tido en una fie­bre gene­ra­li­zada, no me resulta esti­mu­lante. Me preo­cupa que muchos de quie­nes se arri­man hoy al género, atraí­dos por el furor, ten­gan la acti­tud de quien prac­tica un deporte de moda.
La asig­na­tura pen­diente de la cró­nica en Amé­rica Latina es el tema del poder, como lo señala la escri­tora colom­biana Marianne Pons­ford. Pare­ce­ría exis­tir el pacto tácito de que los cro­nis­tas escri­bi­mos sobre seres derro­ta­dos, exclui­dos, mien­tras los repor­te­ros que sur­ten las pri­me­ras pla­nas de los dia­rios se ocu­pan de los per­so­na­jes influ­yen­tes del gobierno y de las finan­zas, y eso es un des­pro­pó­sito. Los cro­nis­tas tam­bién debe­ría­mos meter nues­tros ojos fis­go­nes en los ámbi­tos de la gente que rige nues­tros destinos.
 
Por otra parte, noto seña­les de estan­ca­miento en la manera de con­tar las his­to­rias. Tene­mos un for­mato ya pro­bado que incluye esce­nas, fra­ses ocu­rren­tes, sub­je­ti­vi­dad, pero echo de menos una auda­cia mayor en el manejo de las for­mas, una expe­ri­men­ta­ción más arries­gada en el manejo del tiempo y aun en el len­guaje. Nin­gún diag­nós­tico sería com­pleto si se igno­rara la situa­ción labo­ral de los cro­nis­tas: ¿cuán­tos pue­den darse el lujo de sobre­vi­vir eco­nó­mi­ca­mente gra­cias al ofi­cio de con­tar his­to­rias? Pocos, en reali­dad. Creo que caben en los dedos de una mano y sobran dedos. Toca ayu­darse con acti­vi­da­des alter­nas como la par­ti­ci­pa­ción en con­gre­sos, la peda­go­gía y otras labo­res. Por eso Gar­cía Már­quez dijo una vez que Amé­rica Latina es una región de escri­to­res can­sa­dos. Uno escribe su obra en el tiempo que le queda tras hacer un mon­tón de tareas con las cua­les con­si­gue el pan del día a día.
 
Mi prin­ci­pal reto ha sido defen­der el tiempo para dedi­carme a escri­bir cró­nica. Per­se­ve­rar en el género a pesar de las difi­cul­ta­des. Creo que eso es posi­ble, en parte, gra­cias al com­pro­miso indi­vi­dual de los pro­pios cro­nis­tas, sin el cual todo el anda­miaje se ven­dría abajo.
Para escri­bir cró­ni­cas hay que tener algo de kami­kaze, hay que estar dis­puesto a hacerse inmo­lar por defen­der esa pasión. De otro modo no fun­ciona. Éste no es un género pro­pi­cio para perio­dis­tas abur­gue­sa­dos, y en este sen­tido yo siem­pre tengo a la mano esta cita de Heming­way: “La dis­tan­cia entre el toro y el torero es inver­sa­mente pro­por­cio­nal al dinero que el torero tiene en el banco”.
 
Existe el riesgo de que un perio­dista de éxito pierda las ganas de acer­carse a los cuer­nos del toro, y así ya le queda com­pli­cado hacer cró­ni­cas. Enton­ces, para vol­ver al punto, creo que en Amé­rica Latina el auge de la cró­nica obe­dece en un gran por­cen­taje a que ha habido cro­nis­tas com­pro­me­ti­dos. Muchos cree­mos, ade­más, en el valor lite­ra­rio del género y no pen­sa­mos que sea un ofi­cio menor, un sim­ple tram­po­lín para des­pués volar hacia ins­tan­cias más altas.
 
Tom Wolfe usaba una analo­gía para refe­rirse a aque­llos escri­to­res que en los años sesenta hacían perio­dismo narra­tivo sin con­vic­ción, sólo para tener algo a lo cual dedi­carse mien­tras daban el gran golpe con una novela: decía que para esos escri­to­res el perio­dismo narra­tivo era como entrar a un motel a pasar el tiempo con una chica tran­si­to­ria, mien­tras con­se­guían una mujer res­pe­ta­ble –es decir, una novela–  y podían lle­varla al altar. Pues bien: yo creo que en mi gene­ra­ción hay varios cro­nis­tas que la esta­mos pasando de mara­vi­lla en el motel con la chica mal vista.
 
Ahora hay una mayor con­cien­cia sobre los alcan­ces del género. Debido a que la cró­nica se vol­vió una fie­bre sub­con­ti­nen­tal, hay más gente intere­sada en cui­darla como pro­ducto. Las his­to­rias se cuen­tan de una manera menos intui­tiva y más pro­fe­sio­nal. El talento del cro­nista, que siem­pre había bro­tado sil­ves­tre por estos lares, ahora está un tanto sofre­nado por la rienda de los edi­to­res. Eso, a mi jui­cio, mejora osten­si­ble­mente su cali­dad perio­dís­tica y literaria.
 
Perio­dista colom­biano. Ha reci­bido el Pre­mio Inter­na­cio­nal de Perio­dismo Rey de España y cinco veces el Pre­mio Nacio­nal de Perio­dismo Simón Bolí­var, entre otros galardones.

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