viernes, 27 de julio de 2018

Recuerda la última pareja de Chavela Vargas su relación con la intérprete en un documental


Por: Fidel Orantes
En la fachada de la casa, incrustado en una de sus paredes, hay un letrero de talavera que dice: Alicia Elena y familia.
Chavela Vargas lo mandó a hacer para Alicia Elena Pérez Duarte, quien fue su apoderada legal desde 1988 y hasta el día de su muerte. Pero más importante, uno de los amores de la vida de la cantante.
“La integración de Chavela a la familia no fue para nada difícil, se integró, punto. Mi familia era así: mi hija, mi hijo, la señora y yo.
“Esa era mi familia, y el resto del mundo nos veía, había gente que suponía, que sabía, que ni por aquí le pasaba, pero da igual. (Me decía) ‘que hablen y ya’. Así vivíamos”, dijo Pérez Duarte.
Su fascinación por la intérprete surgió desde niña, por esa voz de “terciopelo” que escuchaba en acetatos y aquellas veces que se encontró con ella en las fiestas de cumpleaños de su tío Servando González, director de Viento Negro.
Pasaron unos 25 años y el destino las volvió a reunir, era 1988, Chavela era una bebedora incansable y ella una abogada de profesión que se convertiría en su compañera de vida.
–Y usted, chucha azul, ¿usted mira así de azul para todos lados? –le preguntó La Chamana con sus copas encima.
–No señora, veo igual que todo mundo –respondió.
–¿Y usted se casaría conmigo, Nina?
“Desde luego pensé que era un juego, pero después me di cuenta que era una realidad muy grande y ya ¿qué le haces?”, recordó.
Así surgió la historia de Nina y La señora, como ambas se llamaron desde ese día y hasta la última vez que se vieron, días después del cumpleaños 93 de Chavela, en abril de 2012, meses antes de su muerte.
“Adentro (de la casa), era ella, sin jorongo, con sus miedos, dudas, su espiritualidad entre religiosa y mágica, sus pasiones, sus celos desmedidos. Todo eso era fuera del escenario y dentro de las cuatro paredes.
“Era una compañía interesantísima para una mujer que estaba creciendo, desarrollándose y empezaba la vida adulta, aunque ya tenía treinta y tantos años”.
Su idilio duró aproximadamente hasta 1993, cuando por sanidad mental y física ambas decidieron tomar caminos separados. No obstante, siempre estuvieron una para la otra. Quizá más la litigante para la artista.
“Cada una se fue por su lado, pero cada vez que Chavela necesitaba lo que fuera, el peine que se le olvidó en San José, Costa Rica, o los chicles que dejó en Veracruz, lo que fuera iba y le decía: ‘Señora, aquí estoy, ¿qué se le ofrece?’”.
Para cuando Chavela murió, el 5 de agosto de 2012, la ex magistrada estaba en Ginebra, donde rara vez llueve durante el verano y justo ese día cayó un tormenta.
“¿Coincidencia? Seguramente sí, pero esa era la magia alrededor de La Chamana”. Al enterarse del fallecimiento, tomó a su nieta recién nacida, el gran amor de su vida, y bailó al compás de la intérprete.
“Chavela es un mito que la vida me dio la oportunidad de vivir, es un privilegio. Definirlo en una sola cosa o hecho es difícil porque para mí sí es esa voz que me acompañó, me ha acompañado y me sigue acompañando”.
Por primera vez, la abogada habló de su relación para el documental Chavela Vargas, que se estrena el 3 de agosto en México.

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