domingo, 24 de febrero de 2019

Marco Antonio Campos; el azar, esencia de la poesía

Por. Juan Carlos Talavera

Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) quiso ser un poeta maldito como Arthur Rimbaud, pero descubrió que al bardo francés la vida de rebelde sólo duró seis años y luego se convirtió en traficante de armas. Después, Campos se imaginó como político o juez de la Suprema Corte, se inclinó por el Derecho, pero octubre de 1968 le sacudió el ánimo y la corrupción que encontró en el sistema penal lo decepcionó.
Así que volvió a su primer amor, la poesía, adoptó el tono elegíaco y se convirtió en unreferencia literaria de nuestro tiempo. Hoy cumple 70 años y ha organizado una celebración con sus amigos, encuentro donde bromeará a todos con una frase: “Me preguntaron que cómo llego a los 70 años y yo les dije que con la tristeza del que se va despidiendo”.
Pero también ha sido un traductor insaciable que ha puesto atención en la poesía de Charles Baudelaire, Rimbaud, André Gide, Cesare Pavese, Nuno Júdice, por mencionar algunos. Es más, hora mismo prepara una traducción de Cinco grandes odas, de Paul Claudel.
Campos es autor de todos los géneros y de su vasta obra destacan los poemarios: Muertos y disfraces (1974), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1989), Los adioses del forastero (1996), Viernes en Jerusalén (2005), entre otros. Y de sus ficciones: La desaparición de Fabricio Montesco (1977) y En recuerdo de Nezahualcóyotl (1994).
Libre de cualquier pretensión o pose, Campos afirma que el poeta no es alguien extraordinario. “El poeta es un ser normal que tiene más sensibilidad que los otros. Pero no sólo él. También el músico, el pintor y el escultor. Son artistas que tienen la sensibilidad y la imaginación y desarrollan los sentimientos, aunque la inteligencia también debe ir desarrollándose y por eso tantos (escritores y artistas) se quedan estancados”.
“La imaginación es ante todo sensibilidad y sentimiento. Por eso la poesía debe leerse —como decían Xavier Villaurrutia y Octavio Paz— con los cinco sentidos y todo el entendimiento, es decir, creando imágenes a partir de la imaginación”.
De ahí que la prosa también posea verdaderos poemas, como la obra de Juan Rulfo, llena de imágenes auditivas, o Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier. “Mientras que autores como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa son prosistas natos, magníficos narradores que vienen de la herencia de Gustave Flaubert y Stevenson”.
¿Para usted la lectura es una felicidad mayor que la escritura, como afirmaba Jorge Luis Borges? “Creo que la buena literatura, hay más mala que buena, produce descanso y alegría. No sé si la palabra felicidad sea la correcta, pero cuando usted lee La divina comedia, en la traducción de José María Micó, los goces son continuos”.
¿Y la escritura? “La primera escritura es muy difícil y me refiero a la creación del poema o del cuento, de la novela. Muchas veces no causa felicidad menor, sino un pequeño sufrimiento. Pero lo que a mí me resulta un deleite es la corrección, tratando de conservar la emoción inicial, pero dándole ritmos al texto. Sobre todo, en un poema de cierta extensión”.
¿Cómo clasificaría su obra? “No sé si tengo una obra como creador, aunque haya publicado cerca de 20 libros, pero creo haber hecho una obra como traductor de poesía; tengo 31 libros de poesía traducida, principalmente del francés, del italiano y del alemán”.
¿Cómo descubrió la traducción? “Me sirvió el consejo de Julio Cortázar, publicado en una entrevista en los 70, cuando recomendó que en las épocas de sequía literaria la traducción sirve para no perder el pulso”.
¿Es usted más poeta que narrador? “He practicado casi todos los géneros literarios, pero siempre me he sentido más poeta, ensayista y traductor”.
¿La traducción es reescritura? “Eso es mucho de Octavio Paz. Él se toma muchas libertades y hace grandes poemas a partir de la traducción, pero el traductor que prefiero es Eduardo Lizalde, a pesar de que lo haya hecho poco, porque él tiene un oído extraordinario, un vocabulario excepcional y una exactitud en la lengua. Lo que sucede con Ezra Pound, con Giuseppe Ungaretti y con Paz es que crean otros poemas que parten de los poemas traducidos, pero que son más poemas de ellos que traducciones”.
¿Su voz poética está más cerca de Dante o de Borges? “Uno nota las influencias cuando empieza a escribir. Así que las dos grandes columnas de mi escritura en mis años de formación (1968-1975), son Borges, con su emoción intelectual y Albert Camus como su emoción corporal”.
INFIERNO Y PARAÍSO
En uno de sus ensayos, Campos escribió que “influido por (William) Blake y Rimbaud, creí en la adolescencia y juventud que el verdadero poeta está del lado del demonio; la juventud es un infierno que ya adultos lamentamos hasta las lágrimas haber perdido. Creo ahora más con Odysséas Elýtis, o quizá creo, que el verdadero poeta sueña el paraíso”.
¿Está más cerca del paraíso o del infierno? “Según la perspectiva. Lo que pasa es que de joven leí mucho a los poetas malditos; empecé a traducir a Rimbaud a los 20 años y su lectura me hacía daño, porque me entraban las ansias de ser maldito”.
¿Cómo define el sentido final de un poema? “En poesía todo está hecho de azar; puedes corregir mucho un poema y salirle bien o mal. Juan Gelman y Jaime Sabines escribían de una sentada, pero tuve en mis manos 120 versiones de Salón de baile, de Alí Chumacero”.
“Paul Valéry tardó 20 años en escribir El cementerio marino, aunque eso no significa que todos los días trabajara el poema. José Gorostiza resolvió de maravilla Muerte sin fin, pero no sucedió lo mismo con Jorge Cuesta y sus tan festejados Cantos a un dios mineral, que me dejaron frío, y si una poesía es helada me interesa poco. La poesía es, ante todo, emoción”.

¿El mayor misterio del poema es no comprenderlo del todo? “Marguerite Yourcenar decía que existían dos materias que debían conservar siempre su misterio: la religión y la poesía. Si un poema lo revela todo… entonces es prosa”, concluye.

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