jueves, 11 de junio de 2020

La dama que enamoró a las Nereidas: Marguerite Yourcenar


 
Porque nunca se repite nada en la historia de los sres humanos, cada hombre es un astro aparte, todo ocurre siempre y nunca, todo se repite hasta el infinito y de forma irrepetible. (Por eso, los autores de la Enciclopedia de los Muertos, este grandioso monumento a la desemejanza, insisten en lo particular; cada ser humano es para ellos sagrado).

La Enciclopedia de los Muertos

Danilo Kis
Por: Luis Váldes Ramos

Soy, como muchos, producto de un cliché. Conocí a esta sutil y delicada dama por Julio. Cuando supe de su obra, de inmediato busqué su novela más famosa, no por curiosidad intelectual, sino por idolatría a Cortázar. Así como con Daudet y sus cuentos —de quien Julio decía que ya nadie leía—, entré a ella por Memorias de Adriano (1951).

Apenas una pincelada de la riqueza humana de toda su obra, que abarca por lo menos tres continentes, varios idiomas y más de un dios. Viajera por el globo de tierra y agua, y de los mundos de tinta y polvo, Yourcenar desde su más temprana juventud se decantó por las letras. Si bien su educación alcanzó el bachillerato clásico, su padre le ofreció una sólida educación basada en la cultura griega, la cual sólo avivó un fuego de conocimiento que se extendió por las culturas más antiguas del mundo, y con las que compartió tiempo de vida, como los espirituales negros, a los que tradujo en su primera etapa en Estados Unidos.

Su apellido —legal desde que se nacionalizó estadounidense— es un anagrama surgido de un juego intelectual con su padre: Crayencour/Yourcenar, por amor a la “Y”, desde la cual se liga con una letra cuya historia se remonta a la Grecia de Homero, y las naciones que se relacionaron con unos de los primeros navegantes del Mediterráneo.

Una de las características de su obra es el rigor estilístico y documentación, a Adriano le dedica casi 30 años de su vida (la versión final se publicó a sus 48 años; las previas fueron destruidas por ella), sus libros rezuman una intelectualidad y cultura abrumadora, pero con la delicadeza de una pluma mecida por el viento.

Las frases de Yourcenar son largas, detallistas, íntimamente descriptivas, cual susurros de amantes, cargadas de detalles que obligan a continuar la lectura hasta el siguiente punto final o punto y aparte. Esa obligación no es impositiva, es una curiosa invitación a saber un poco más. Ella luchó por nunca caer en el lugar común. Sobre “su obra cumbre”, Las memorias…, señala que ella no esperaba que la leyeran más de 10 personas, “quizá, porque no escribo sobre cosas que le puedan interesar a la mayoría de las personas”.

De ahí, seguramente, lo poco conocido de su novelística. Sus libros más potentes, Adriano, Opus Nigrum (1968), Ana, soror… (1981), Fuegos (1931) u otras más, son inspiradas por el pasado, por la riqueza que ofrece. De Opus dijo que, durante su escritura, sintió como si fuera contemporánea de Zenón, ese personaje del medioevo al que le da sustancia con precisión de arqueólogo.

Otro pensamiento. El habla. Marguerite dijo: “el público que busca confidencias personales en el libro de un escritor es que no sabe leer”; en Opus da espacio a largos monólogos del protagonista, éste conversa consigo mismo… es introspección… charla con su interior… reflexión a través de una escritura plagada de procesos respiratorios que hacen muy difícil dejar de leer.

Una comodidad, tal vez, desde el ánimo de compartir con sus lectores la belleza histórica y de pensamiento que vivió en sus intensísimos viajes. La historia es vida, el pasado es donde está el receptáculo de las emociones que dan sentido a cada vida humana, quizá un poco más allá del mismo presente, cuya futilidad la reviste de una intensidad que hacen pensar en la eternidad.

La modestia intelectual: el compromiso con la dignidad

En su larga vida (84 años), Marguerite siempre se manifestó por las minorías, por la libertad y el respeto a la dignidad humana. De joven fue testigo de primera mano de la marcha sobre Roma de las huestes de Mussolini —capital de la nación de la que se enamoró y a la cual regresó en varias ocasiones—, así como parte del Mayo francés y la lucha que este movimiento representó. Opus Nigrum fue uno de los libros “de cajón” de los jóvenes de esa época.

Su compromiso con la amistad, la apertura, el respeto a la paz y a los otros, la protección del medio ambiente y las especies amenazadas se refuerzan en esa época, compromisos compartidos por su amiga y compañera de cuatro décadas: Grace Frick, con quien recorre Japón, Canadá, Estados Unidos (donde viven unos años y donde se nacionaliza, y asume como legal el Yourcenar).

Tal fue el cariño profesado por Grace, que las cenizas de ambas y las de su amigo Jerry Wilson descansan bajo una lápida que a la letra reza: “Complace a aquel que es capaz de dilatar el corazón del hombre a la medida de toda la vida”.

De tal suerte que no sorprenden en ellas, máximas como “debemos tratar de dejar detrás nuestro un mundo un poco más limpio, un poco más bello de lo que era, aún si ese mundo es un patio trasero o una cocina”. Refractaria a la proyección infantil del escritor en las páginas —véanse los tomos de “auto ayuda”—, legó una trilogía bellamente enfocada al personaje M.C., escrito por M.Y., inspirada por su amadísimo Borges —al que conoció una semana antes de su muerte— que inventó a “Borges”.

El laberinto del mundo. Una gran biografía en donde la historia departe con la ficción, habla de su padre, de sus personajes, de sí misma, y ofrece una de las más grandes frases de apertura: “El ser humano al que llamo yo”.

Si me obligasen a reducir a Yourcenar en unas pocas palabras, serían las siguientes: Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. De Adriano… porque soy un cliché.

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